José Ignacio Lluch – FREE MARKET

26 octubre, 2010

EQUIVOCARSE PARA ACERTAR

Cuando se empieza a hablar una lengua, la propia cuando se es niño o una ajena más adelante, se tiene que estar dispuesto a soltar unos cuantos palabros o expresiones estrambóticas que provoquen la risa o la perplejidad en el oyente. Para progresar y conseguir hablar bien un idioma hay que perder el miedo a equivocarse y a hacer el ridículo, evidenciando las torpezas y errores que nos parecen enormes y que son propias de todo aquel que está intentándolo.

En el mundo de los emprendedores y las empresas pasa lo mismo. Cualquier proyecto empresarial, sea cual sea el grado de maduración de la empresa que lo realiza, es susceptible de errar y la asunción de esta realidad acompaña al empresario siempre. A diferencia de otras actividades que consisten en aplicar una determinada técnica o acción, tantas veces como se dé una situación conocida, las decisiones empresariales se tienen que enfrentar a un abanico de variables e incertidumbres que hace imposible erradicar la posibilidad de equivocarse. Esta es quizá una de las grandezas y miserias de esta profesión. Que cada cual debe recorrer su propio y único camino, y que aunque la aplicación de casos prácticos o anteriores experiencias sirven de orientación, las empresas que triunfan son aquellas que saben trazar su itinerario, único e irrepetible, hacia el éxito. Y ese itinerario no es otra cosa que un conjunto de aciertos y errores, equivocaciones y correcciones, logros y fracasos.

¿Por qué esto que admitimos como lógico en la teoría, nos molesta tanto reconocerlo en la práctica?, ¿Por qué asumimos que la posibilidad de fracasar o equivocarse es solo aplicable al emprendedor y no a una empresa ya consolidada?, ¿Es que por el hecho de estar ya operando en el mercado no puede fracasar?

El problema no es el error o la equivocación sino el hecho de no reconocerlo cuando se produce, ocultarlo o no rectificar. Las consecuencias a medio plazo son demoledoras para la empresa.

Días atrás me contaba un excelente directivo, con tristeza, que su presidente había decidido prescindir de él y del equipo gestor profesional para dar el mando a su hijo y así, volver a familiarizar la dirección de la empresa. En este caso, el hijo no es competente y su gestión está generando una caída libre del valor que tanto había costado alcanzar. Ante la evidencia objetiva de esta caída, la respuesta es negar el error y acusar a la crisis y a la competencia del problema. Ojalá sepa rectificar a tiempo.

Ver publicado art 44

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