José Ignacio Lluch – FREE MARKET

24 abril, 2012

EL PARTIDO IMPOSIBLE

Supongamos por un momento que en un partido de fútbol o en cualquier competición deportiva, el árbitro decidiera participar e intervenir en el juego, en lugar de limitarse a vigilar que el reglamento se cumpla. Que con el poder que le otorga su condición y pito en mano, utilizase arbitrariamente éste para modificar las reglas del juego y su resultado, en base a criterios distintos a lo que podríamos llamar fair play deportivo, esto es, que gane el mejor sin hacer trampas. ¿Estaría, no obstante, justificado si su intervención obedeciera a lo que la mayoría del público allí presente quisiera? ¿Y si su idea de lo justo le dictase que si A le marca 6 goles a B, no está bien y es más correcto que empaten a 3? ¿Y si en determinados casos, siempre por consenso y previo dictamen de un comité de expertos, se obligara al portero a estarse quieto en un penalti?

Si así procedieran las autoridades deportivas crearían, a corto plazo, una importante confusión entre los jugadores ya que no sabrían a qué atenerse, seguido de la desmotivación y abandono de los mejores y, por último, la frustración generalizada del público ante un partido imposible y la transformación de su espectáculo preferido en una pantomima.
En el mundo de la economía sucede lo mismo. Cuando las autoridades intervienen, planifican y regulan la vida económica o el mercado, acaban generando una pantomima de reparto de la riqueza que hace imposible el bienestar generalizado. Las consecuencias de su intervención son exactamente aquellas que declaran querer evitar precisamente cuando intervienen.

Por ejemplo, cuando desde los órganos de planificación de los bancos centrales y las autoridades monetarias provocan expansiones crediticias y liquidez sin respaldo del ahorro voluntario de los ciudadanos, se originan burbujas de todo tipo, que terminan pinchando y provocando ciclos de euforia y depresión recurrentes.
Cuando se interviene protegiendo a un sector frente a los demás, se consigue que éste se anquilose y en lugar de preocuparse de lo importante, ser competitivo y servir fielmente a los intereses de sus consumidores, se centra en mantener sus buenas relaciones con el poder. Desaparece el empresario y surge el cortesano.

Cuando se protege y privilegia a una parte de los agentes económicos frente a otra, sin dejar espacio a la libre voluntad de las partes, se termina causando más daño y malestar que el que se pretende evitar.
Cuando, en definitiva, se pregona la falacia de que el bienestar se logra porque el Estado te lo da y no por el esfuerzo y la voluntad personal de cada uno.

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