José Ignacio Lluch – FREE MARKET

5 marzo, 2013

HABÍA UNA VEZ…

habia una vez3Un bello pueblecito habitado por buena gente y dotado por la Naturaleza de unos privilegios poco comunes. Sus paisajes, clima y ubicación eran inmejorables y sus gentes, abiertas e ingeniosas.

En un mundo en competencia, donde otros territorios peor dotados pugnaban por conseguir atraer la atención y el interés de los inversores, nuestro pueblecito tenía todas las de ganar. Sin embargo, no fue así.

 Sus gobernantes decidieron que lo importante era ganar las siguientes elecciones y mantenerse en el poder. Para ello, había que actuar a corto plazo y desarrollar políticas económicas que ofrecieran,de inmediato, resultados materiales tangibles a la mayoría de electores. Los medios no importaban y las consecuencias, tampoco.

 Así pues, potenciaron el consumo y el gasto por medio de un general endeudamiento. Se incrementó el aparato estatal y la oferta “gratuita” de servicios públicos. Todos tenían acceso a todo, y gratis, ya que los gobernantes con su poder coactivo sustraían recursos del sector privado para realizar ésta redistribución de medios y servicios. Durante un tiempo parecía funcionar pero, pronto, la realidad económica se impuso y se fue al traste ese mundo insostenible. Nuestro pueblecito que, por lógica, era receptor de negocio e inversiones, se convirtió en exportador forzoso de productos y personas. Obtener riqueza ya no era posible dentro y había que buscarla fuera. Mucha gente descubrió en otros sitios, otras formas de enfocar la economía. Otros pueblos no ofrecían bienes materiales sino la posibilidad de conseguirlos vía esfuerzo personal y en competencia. No obstruían la iniciativa sino que la fomentaban. No había miles dehabia una vez5 reglamentaciones que desorientaban y generaban inseguridad, sino un marco normativo estable, previsible y aplicable a todos. No se confiscaba buena parte de las rentas y beneficios porque se buscaba que a los emprendedores les compensara el riesgo y el esfuerzo que desarrollar sus actividades productivas les acarreaba.

 Pronto los habitantes de nuestro pueblecito se percataron de que las cosas funcionaban mejor de esa otra manera. Pronto empezaron a comprender qué es lo que querían y lo que exigirían a sus gobernantes. Posiblemente entonces las cosas empezarían a cambiar y nuestro pueblecito, a encontrar un bienestar real, más sólido y permanente que el espejismo oficial de antes.

Había una vez art. 120

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